El retorno de un arte crepuscular

24/01/2026 13:38:49
          Susan Sontag, ya en los años setenta, decía:
  “Esta es una época nostálgica, y las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte elegíaco, un arte crepuscular. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo”.

Hace un tiempo que vengo pensando en el retorno de las cámaras analógicas. Muchos lo enmarcan dentro de la vuelta de lo vintage, como una práctica de consumo meramente nostálgica. Quizás, sin embargo, sean síntoma de algo más que solo nostalgia. Habitamos un presente acelerado, saturado de imágenes, atravesado por la sobreestimulación y la hipercuraduría de uno mismo. Con el smartphone en la mano, la selfie se ha convertido en la forma visual predominante. A veces imagino a los historiadores del futuro enfrentados a un archivo colosal de autorretratos cotidianos, intentando decir algo sobre nosotros a partir de ese exceso.

En este contexto de un mundo rápido y volátil, la vuelta de la fotografía analógica parece expresar la búsqueda de algo tangible y durable. Representa una reacción frente a un universo donde lo digital transforma todo en un desliz fugaz. Asistimos a un presente en el que, como dice Byung-Chul Han, se han perdido el inicio y la conclusión, absorbidos por una carrera interminable y sin rumbo. El desbocamiento del tiempo genera la sensación de que este se nos escapa incesantemente.

Las viejas cámaras nos obligan a esperar, a detenernos. Nos retrotraen al antiguo ritual del revelado, a una demora para descubrir y para ver después, en otro momento, en un tiempo diferido. Mientras leía y buceaba en distintos textos para escribir sobre este tema, me encontré con la historia de Vivian Maier. Considerada una de las grandes fotógrafas callejeras del siglo XX, de ella se sabe muy poco. Niñera de profesión, deambulaba durante horas por ciudades como Chicago y Nueva York para fotografiar escenas cotidianas. Sacó alrededor de 160.000 fotografías que jamás mostró públicamente. No tenía los recursos económicos para revelar muchos de sus rollos; algunos ni siquiera llegó a verlos. Su obra fue descubierta mucho tiempo después, cuando John Maloof, casi por casualidad, compró sus negativos en una subasta en 2007 y los revisó años más tarde.

Se dijo que Vivian Maier se perdió de ser una gran artista por su ostracismo. Pero tal vez allí radique, precisamente, el aura de su obra: en su desprendimiento de cualquier voluntad de consagración. No sabemos por qué fotografiaba ni qué pensaba sobre la fotografía. Lo que llega hasta nosotros es la materialidad de una sensibilidad única para captar lo cotidiano. A través de su historia, pensaba en ese gesto de sacar fotografías sin intención de verlas inmediatamente. Un gesto misterioso, pero también incomprensible para la subjetividad de esta (nuestra) época, que nos obliga a un agobiante posteo permanente de todo. En las antípodas se encuentra la obra de Vivian, especialmente sus autorretratos (una especie de némesis de la selfie actual) en los que la vemos reflejada en vidrieras, en espejos callejeros, o en los que aparece apenas como una sombra sutil, lateral, casi fantasmática.

Leí hace poco un chiste en X (ex Twitter) que decía: “basta de creadores de contenido, necesitamos destructores de contenido”. Me causó gracia y me quedó resonando.
Primero, porque la idea de “destrucción” me remitió a los destructores de máquinas: aquellos primeros obreros que, en los albores del capitalismo, rompían las máquinas como forma rudimentaria de protesta (¿Destruiremos nuestros celulares nosotros también?). Segundo, porque como sabemos (enseñanza freudiana de por medio) todo chiste puede ayudarnos a tramitar algo que nos aqueja y que no podríamos decir de otra manera. El chiste funciona porque expresa un malestar frente a la saturación de contenidos y a una vida que se volvió vertiginosa y sobrecargada de información.

Tal vez allí se comprenda el retorno hacia los objetos analógicos, por parte de una generación saturada. En su elogio de la lentitud, la psicoanalista Alex Kohan plantea la lentitud como una forma de detener el asedio del mundo, no para huir de él, sino para volverlo más vivible.

Todo esto empezó porque, en un largo viaje, me compré una cámara analógica. El viajé terminó. El rollo todavía no lo revelé. Persiste la demora. Aún espero para revelar las fotos. O para que ellas (me) revelen algo.

       
        Escribe: Prof. Javier Muñoz

        Referencias:
-Byung-Chul Han. El aroma del tiempo: Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Herder, Barcelona, 2015.
-Alexandra Kohan, “Elogio de la lentitud”, Cenital, mayo 2025. https://cenital.com/elogio-de-la-lentitud/
-Susan Sontag. Sobre la fotografía. Alfaguara, México, 2006.