SINNERS: CUANDO LA MÚSICA ROMPE EL TIEMPO

20/04/2026 19:35:06
“Existen leyendas sobre gente nacida con el don de hacer música tan auténtica, que puede rasgar el velo entre la vida y la muerte. Conjurando espíritus tanto del pasado como del futuro. En la antigua Irlanda los llamaban fili. En la tierra Choctaw, les decían firekeepers. Y en el este de África, los llamaban griots. Este don podía sanar a su comunidad. Pero también, podía atraer a la maldad.” 

Desde que soy muy chico, mi vida siempre estuvo rodeada de arte. De literatura, pintura, cine y, especialmente, de música. Cuando era un bebé, mi madre ponía discos de la Trova Rosarina en el tocadiscos de mi viejo. De adolescente fui a cada recital que podía, tuve varias bandas, estuve en ensayos larguísimos, y disfruté de tocar muchas veces en bares y escenarios improvisados con cajones de birra. A pesar de todo esto, nunca pude desarrollar mi pasión por completo, calculo que por una potente carencia de disciplina y determinación. Pero eso no importa. La música siempre me fascinó. Hay algo, un qué se yo que se forma en el pecho, una sensación en todo el cuerpo que no termina de tener un nombre preciso. Seguramente haya una de esas palabras hermosas en japonés que significa esto que quiero decir. No sé cuál es. Lo que sí se es que la música te sacude. 

También hay películas que te sacuden. Y otras que te atraviesan por completo. “Sinners” de Ryan Coogler, en mi humilde opinión, es de las segundas. 

No voy a contar la trama de la película. No hace falta, y creo que tampoco sería justo. De lo que sí quiero hablar es de dos escenas. Dos momentos que por su propia cuenta ya a esta altura justifican el “esfuerzo” de sentarte a verla. 

La primera escena es la del “juke joint”. Pero antes de seguir, ¿qué es un juke joint? Era una especie de bar clandestino, muy popular en el sur de Estados Unidos durante la época de la segregación, donde la comunidad negra se juntaba a tomar, comer y escuchar música, generalmente blues tocado en vivo por músicos itinerantes. En esta escena, Sammie, un músico afroamericano bastante joven, aparece con su guitarra y empieza a tocar. Y en ese momento, pasa algo que pocas veces se logra en el cine de manera tan bien lograda: el tiempo se dobla. Lo hemos visto, sí. Pero hacerlo con música popular, con géneros que se fusionan en vivo y en cuerpo, de esa manera tan física y visceral, es algo que genuinamente pocas películas logran. Los géneros musicales se fusionan. El blues, el gospel, el soul, el jazz, el rock, el rap (todo el arco de la música negra en Estados Unidos) aparece en un mismo lugar y en un mismo momento. Como si siempre hubiera existido en ese único punto del universo. Sammie hace lo que está destinado a hacer y evoca los espíritus. Aparece un Griot africano tocando un precursor del banjo, un guitarrista de los años 70/80 con influencia del músico de blues Eric Gales, un DJ en sus bandejas tocando un ritmo de hip hop de los años 80, un poco de R&B de la Costa Oeste, un percusionista africano, un bailarín chino, una bailarina de ballet y, hacia el final, una batalla entre un bailarín ancestral africano y un bailarín de hip hop moderno. Y, de repente, la pantalla tiene todo al mismo tiempo. El pasado, el presente y lo que todavía no pasó. Como si la música no fuese algo que avanza hacia adelante, sino algo que ya está ahí, esperando que alguien la convoque. 

Se me pone la piel de gallina de solo escribirlo.

Porque Coogler no filma esta escena como un número musical. La filma como un ritual. Como si fuese una invocación. Y lo que la sostiene no es la magia de las cámaras IMAX y de los efectos especiales, sino un laburo real, muy profundo y casi arqueológico. El director y Ludwig Göransson (compositor) recorrieron juntos el Blues Trail de Mississippi antes de escribir una sola nota. Visitaron museos, juke joints, los lugares donde nació esa música. Göransson compuso el score de la película tocando una guitarra resonadora Dobro de 1932, la misma que tiene el personaje de Sammie durante toda la película. No es solamente un detalle. Es una declaración de intención. Y una muestra real de compromiso y amor por el trabajo que estaban haciendo. 

La banda sonora completa mezcla blues, folk irlandés, gospel, jazz y soul. Todo fue ejecutado en vivo, y el resultado es algo que un crítico describió como “capas de violines superpuestas sobre doom metal, algo que no pega pero que de alguna manera siempre estuvo destinado a sonar juntos.” Yo, personalmente, lo describiría de otra manera. Diría que es escuchar el dolor de los pueblos hecho música.
 
Pero hay otra escena, que pega de una manera diferente y que la película se guarda para el villano. Remmick, el vampiro irlandés (sí, porque esta también es una película de vampiros) espera afuera del juke joint con toda su banda de seres terroríficos. Y ahí, en la penumbra de la noche, empieza a cantar y a bailar “Rocky Road to Dublin”. Esta es una canción tradicional irlandesa del siglo XIX, que cuenta la historia de un hombre que deja su hogar en el condado de Galway buscando un trabajo y una vida mejor, y en el camino se tiene que enfrentar a las burlas, la discriminación y el rechazo por ser quien es. Los vampiros cantan y bailan todos juntos una jiga irlandesa en el medio de la oscuridad de Mississippi. La escena es absurda y aterradora al mismo tiempo. También es eufórica, casi festiva, y tiene algo que te congela la sangre. Coogler la describió así: “Es una canción muy animada y poderosa, pero cuando prestás atención a la letra, es tristísima. Tiene trabajo, tiene migración, tiene la añoranza del hogar. Es igual que el blues.” Ahí esta resumido todo. El villano no es solamente un monstruo. Es alguien que perdió su cultura, su tierra, su identidad. “Estreché la mano de mi querido padre, besé a mi querida madre, y bebí una pinta de cerveza para sofocar mis lágrimas y mi dolor” nos canta al comienzo de la canción. Remmick es un exiliado, alguien que está marcado por el rechazo, y por fuerzas que son más grandes y más fuertes que él. Cuando canta, no está entreteniendo a nadie. Está recordando quién fue antes de convertirse en lo que es. Y la música nos revela todo esto mejor que con cualquier diálogo. 

Lo que “Sinners” dice con estas dos escenas es algo que va más allá del terror o del drama histórico. Nos dice que la música es una de las formas más honestas que tiene el ser humano de decir quién es. Que el dolor se puede volver música y baile. Que la memoria colectiva de todo un pueblo puede estar guardada y vivir en tres acordes. Y que cuando alguien hace música con honestidad y de verdad, no está solo en ese lugar. Está acompañado por todos los que tocaron antes, y por todos los que van a tocar después. 

Yo creo que lo supe alguna noche tocando en algún escenario improvisado con cajones de birra. Y lo volví a saber viendo esta película. “Sinners” nos muestra esto con una claridad hermosa. Y cuando terminas de verla, algo de eso se queda. No en la cabeza. Sino en el cuerpo. 

Juani Ramirez – Cuervo de Tinta