La causa Malvinas nos hermana con todos aquellos pueblos que luchan y reclaman contra todo resabio colonial.
Son nuestras porque así lo dice nuestra Constitución Nacional: Las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y sus espacios marítimos e insulares forman parte del territorio argentino. También aclara que el reclamo se llevará adelante a partir de los principios del derecho internacional y respetando el modo de vida de los isleños.
La guerra de Malvinas en 1982 sólo puede entenderse en el contexto de la última dictadura cívico-militar que sufrió nuestro país. Es parte de la memoria traumática de nuestro pasado reciente y, en ese marco, no puede explicarse sin contemplar su intrínseca relación con la efeméride anterior, el 24 de marzo, que rememora aquel cruento golpe de Estado, ocurrido seis años antes (Ley de la Nación 25.633, 2002). Es por ese y por otros motivos que esta guerra es un hecho controversial de larga data. Es también un hecho que enlaza con una historia precedente, marcada por la ocupación, el desplazamiento de pobladores originarios y la disputa entre potencias europeas y sus naciones herederas, como es el caso de Argentina. Y es finalmente un hecho que, desde la reconstrucción de la democracia en 1983, nos ha interpelado y nos interpela, por distintas razones.
Los acontecimientos: el 2 de abril de 1982, tropas argentinas desembarcaron en Port Stanley (luego Puerto Argentino) y tomaron por sorpresa las islas Malvinas, logrando la rendición inmediata del gobernador británico Rex Hunt. Esta acción inesperada, que sorprendió al público argentino, rápidamente concitó el apoyo popular. También la clase dirigente sintió que debía sumarse a la causa, aunque conservando en ocasiones, un apoyo crítico: sostener la recuperación de Malvinas, no a la dictadura. Situación ambigua y complicada, pero que les abrió las puertas de otros países donde no sólo se habló de Malvinas, sino también de la situación política que atravesábamos. La victoria inicial activó sentimientos nacionalistas y cuestiones identitarias que los y las argentinas aprendíamos en la escuela desde muy pequeños. A la vez involucró territorios alejados del centro político del país: a las regiones del sur que, por su proximidad territorial, constituían la base desde donde partían hombres, pertrechos y aviones destinados al conflicto; y a provincias como Corrientes, Chaco y Formosa, que aportaron muchos jóvenes a la contienda. El gobierno había endurecido la política con Gran Bretaña a partir de 1981 y, desde ese mismo año, un grupo de militares tenía pensada la toma de las islas. El plan se concretó a comienzos del año siguiente, en un contexto de crisis económica y política, acompañado por un progresivo despertar de la contestación social. La idea era hacer una toma rápida, sin llegar a la confrontación armada, pero abriendo la posibilidad de reposicionar a la Argentina en las negociaciones para la recuperación de la soberanía sobre Malvinas. Se suponía que Gran Bretaña no reaccionaría con una ofensiva y que contaríamos con el apoyo de una nación amiga, con la que la dictadura había creado importantes vínculos, los Estados Unidos de América. Sin embargo, así como la toma de Malvinas podía resultar, entre otras cosas, una salida estratégica para las dificultades que atravesaba el gobierno argentino, canalizando el apoyo a una causa nacional, para Margaret Thatcher la respuesta armada y su éxito era una vía para consolidarse internamente, ante una opinión pública que le resultaba esquiva. Según Hugo Quiroga, la Guerra de Malvinas fue «un modo de organizar el consenso social y de proporcionar legitimidad a un régimen carente de otras alternativas, utilizando una reivindicación histórica. Precisamente, desde 1980/1981, la crisis y el descrédito gubernamental campeaban en el país. El proyecto económico de Martínez de Hoz que articulaba economía de mercado y represión, con el objetivo de desarmar el Estado precedente y fundar un orden nuevo, se tradujo en el sobredimensionamiento del sector financiero, un estancamiento del agropecuario y un grave retroceso de la industria tradicional, tanto como de algunas ramas en crecimiento, debido a la política aperturista. En 1981 se devaluó el peso en un 400 % y la inflación anual trepó al 100%. Se produjo el fin del crédito internacional barato y subieron sustancialmente sus intereses, de tal forma que al terminar el periodo se había quintuplicado la deuda externa. Por otro lado, el malestar por la crisis llevó a la contestación social: Madres de Plaza de Mayo y su repercusión en el plano internacional; una creciente actividad sindical que culminaría el 30 de marzo de 1982 con la convocatoria de la CGT a Plaza de mayo, duramente reprimida; la progresiva apertura cultural y política, que desembocaría en la multipartidaria. Por último, el distanciamiento de la Iglesia Católica, conspicua aliada que, a partir de un documento de 1981, comenzaba a pronunciarse en favor de la democracia, haciendo suyas algunas demandas que afligían a la sociedad. El triunfo inicial fue provisorio. Nos embarcamos en la guerra frente a una de las potencias militares más importantes del mundo, que nos aventajaba por la experiencia de sus hombres y por su superioridad técnica, armamentista y económica. Su asentamiento previo en las islas y el apoyo de sus habitantes también constituyeron un importante elemento a favor, tanto como su sólida posición entre las naciones europeas e, inclusive, la alianza explícita con los Estados Unidos.
La guerra dio por tierra con progresos obtenidos en los años 60 y, sobre todo, en los primeros años de los 70, cuando se propició crear vínculos entre las islas y la Argentina: vuelos regulares, acuerdos postales y telefónicos, becas para estudiar en nuestro país, maestras argentinas bilingües radicadas en Malvinas, y hasta una propuesta de condominio argentino-británico. La ocupación de 1982 significó tomar el lugar de nación agresora y obligó a redefinir nuestra política durante y luego de la guerra, en plena transición democrática. Precisamente, la derrota aceleró la retirada de los militares y el llamado a elecciones en octubre de 1983, dando el triunfo a Raúl Alfonsín.
En algún sentido, la cuestión del terrorismo de Estado y los crímenes de lesa humanidad perpetrados en la Argentina, desplazaron a un segundo e incómodo lugar la cuestión de Malvinas. Federico Lorenz ha señalado que, desde el fin de la guerra, si bien hubo una vasta producción sobre el tema −ensayos, escritos testimoniales y periodísticos, estudios en el campo politológico y diplomático, y otros reivindicatorios de la guerra y la dictadura− la producción historiográfica fue más escasa y le costó remontar la persistencia del enfoque meramente político. Y, en ese sentido, plantea como necesario el abordaje desde una historia social y cultural del conflicto. Este autor afirma la importancia de rescatar Malvinas como objeto, a fin de restituir la memoria y la experiencia de los actores y también entrar abiertamente, a partir de estudios rigurosos, en la disputa por los sentidos.
Malvinas fue el único conflicto bélico del siglo XX argentino, peleado, en gran medida, por una masa de jóvenes conscriptos que luego pasaron a ser ex-combatientes o veteranos. Una guerra que rápidamente logró el consenso popular porque estaba anclada en una matriz construida desde el siglo XIX en torno a las ideas de nación e identidad, en cuyo interior se diluiría el conflicto y las diferencias. Resulta decisivo, entonces, dilucidar el mapa cultural y su confluencia con tradiciones políticas e ideológicas, abordarlas críticamente, revalorizando tensiones, divergencias y conflictos. Y restituir la experiencia de los actores de la guerra.
A lo largo de nuestra historia, distintas tradiciones políticas hicieron suyo el enunciado “las Malvinas son argentinas”. Esas tradiciones, sin embargo, no pensaron de igual modo la identidad nacional. Para comprobarlo no hay más que enumerar los nombres de algunas de esas personas y agrupaciones: Paul Groussac, Forja, Hipólito Solari Yrigoyen, Abelardo Ramos, Mohamed Alí Seineldín, Alfredo Palacios, Atahualpa Yupanqui, los “Cóndores” de Dardo Cabo... Las Malvinas son argentinas, sí, pero ¿es la misma Argentina la que expresa cada una de esas tradiciones?
La guerra nos legó muchos interrogantes por analizar, como, por ejemplo: ¿Cómo impactó e impacta la experiencia de la guerra en las provincias que fueron afectadas más di rectamente por ella? ¿Cuál fue la vivencia inmediata de los jóvenes sobrevivientes y cómo fue mutando la mirada social y la propia percepción sobre su condición de ex–combatientes? ¿Cómo se relaciona la sociedad argentina con sus juventudes? ¿Cuáles fueron las representaciones que se construyeron en torno a la guerra y sus protagonistas? ¿Qué otras imágenes emergen en el antes y el después de la guerra? ¿Qué narrativas circulan y perviven en el tiempo? Asimismo, es importante reflexionar respecto de dos feriados −el 24 de marzo y el 2 de abril− que avivan, hoy más que nunca, una trama compleja: por un lado, debemos evitar la rutinización y su banalización; por otro lado, estas fechas nos llevan a pensar y tomar posición sobre sucesos dolorosos, a fin de procesar la experiencia y la memoria de la muerte, y a la vez generar el espacio para la producción y circulación de un conocimiento que, en sentido analítico y crítico, debe darse en los todos niveles de nuestra sociedad.