Lucha de clases... ¡Sí, por favor!

31/05/2026 11:56:05
Por Tomás Lüders
 
Si algo caracteriza la historia de Occidente de los últimos años, de los que somos una ilustre periferia, ahora solo merced a Messi y no a nuestra ya acabada cultura cosmopolita, es la bronca y la frustración.
Ha pasado antes, pero a más de 80 años de Bretton Woods, Europa, Estados Unidos (y nosotros) vemos caer los estándares de vida promedio desde hace ya varias décadas. Las fornidas clases medias y una clase obrera bien remunerada son un viejo recuerdo. Prácticamente todos somos asalariados, aunque un gran porcentaje de nosotros nos dediquemos a trabajos cognitivos de servicios y no a sudar en las fábricas. Lo que suele suceder con la multiplicación de tareas que requieren el uso del cálculo y la creatividad -que además deben ser acompañadas de un título del nivel superior- es que nos mantienen la ilusión ideológica de que aún pertenecemos a una clase que ya no existe. Ser parte de lo que Paolo Virno definió como el cognitariado en lugar del tradicional proletariado disimula el hecho de que casi todos somos trabajadores generadores de plusvalía: sea uno docente, médico en un sanatorio o data input en una aseguradora.
Vemos que nuestros ingresos rinden cada vez menos en un mundo en el que a la vez se nos dice que necesitamos cada vez más cosas que, salvo en términos de encaje social, son innecesarias. Sin embargo, la titulación universitaria y la fragmentación del mundo del trabajo disimulan claramente que somos solo obreros que usan más el cerebro que las manos.
Por eso, como dijo Slavoj Žižek recientemente, la historia de occidente es la historia de la furia y, como dijo Tomás Abraham aún más recientemente, la historia de la Argentina post 2001 es la historia de la bronca. Vivimos en sociedades de expectativas frustradas porque alguna vez gran parte de esas expectativas se alcanzaban: no somos descendientes de gente que se conformaba con comer lo necesario y no morir a la intemperie, como lo siguen siendo cientos de millones de chinos dispuestos a trabajar 14 horas diarias en un gulag fabril ensamblando los nuevos I Phones que todos sentimos que necesitamos tener para no "quedar out" a la hora de sacar el celular del bolsillo.
Salvando las diferencias entre la trayectoria política de las últimas décadas entre nuestro país y las del Occidente todavía llamado desarrollado (aunque Europa y Estados Unidos repten cada vez más rápido hacia la premodernidad), es este reflejo de ser algo más que un mero trabajador uno de los grandes obstáculos para el surgimiento de una política de izquierdas transformadora en un mundo en el que el capital se concentra cada vez más, hasta el punto de que autores como Yanis Varoufakis ya no hablan de capitalismo sino de feudalismo de la nube. 
Eso es lo que hace que, como sintetizó bien un autor argentino, "la rebeldía se haya vuelto de derecha". Eso y el hecho de que hayamos asumido que Disney y Netflix eran la vanguardia del nuevo sujeto revolucionario, ese que se refugia en mil identidades (sexuales, étnicas, dietarias…) que disimulan, en este caso desde esa falsa izquierda llamada progresismo, que somos todos asalariados. Citando nuevamente a Žižek, si creemos que la salida de izquierda de este atolladero es que 9 mil millones de humanos deben volver a comer del magro, pero cien por ciento orgánico, grano cultivado con técnicas del neolítico temprano y curarnos con yuyos recolectados a la manera del paleolítico, estamos verdaderamente perdidos.