05/06/2026 19:48:39
Por Agustín Peanovich.
Estoy completamente perdido, acabo de despertar de la siesta y mi último sueño que se deshace habita en un sitio donde me recuperé por consumo problemático. Más o menos los pensamientos buscan saldar con lo que ocurre ahora. A la mañana el día fue raro, las nubes se aglutinaron con amenaza de lluvia y el sol que salía empezó a pegarles de costado y la porción de luz se dividía, la mitad de abajo caía sobre la superficie y generaba un espectro. A la siesta, luego de la pérdida, la congoja empieza a sentirse en el pecho. Al leer los mensajes de mis amigos, luego el de los músicos en redes. La angustia rebota y no tiene salida, se retrotrae. Comienza el proceso de duelo. Aún no caemos, la ausencia es total y los ojos se cargan, aún no podemos. No es tan fácil la cosa, nadie se va tan rápido de este mundo. Sobre todo, porque él nos valoró más que en esos lugares donde estamos con frecuencia y no lo hacen.
Mientras crecía aprendí que sus canciones estaban vinculadas con nuestros sentimientos, muchas hablaban de toda esa miseria a la que está arrojado un ser humano pero que la soberbia de la historia está dispuesta a olvidar. En su libro aprende que nadie te da si no te cobra con creces y que el trabajo del artista es rescatarle el estado de ánimo a la gente. Este libro fue el que tenía donde me recuperé. Ahora escribo y mis lágrimas pueden caer al fin, con todo ese dolor, con todo este dolor que tenemos por nuestras marcas en la vida y que buscamos las formas de amar y ser amados, simplemente eso pero que no sabemos expresarlo.
Con el paso del tiempo uno desaprende el aparato de prejuicios que monta una sociedad. Cuando ese show se desvanece las cosas pueden verse puras como son. Pude sentir que el indio nos hablaba desde la “enfermedad”. Esa incurable y mortal, de apagar nuestras angustias con las drogas. Pude leer en el trasfondo de las melodías a alguien que decía “no estás solo, todos sufrimos y pasamos en algún momento por esos lugares”. Entonces fue cuando escuché el llamado, como una especie de dios que nos está revelando la experiencia.
En los pasillos de la comunidad para drogodependientes siempre se cantan sus canciones, en todas las épocas. Se imprimen sus letras y nos las vamos prestando para cantarlas y nos las reclamamos cuando uno las posee demasiado tiempo. Y en las guardias de noche no se podía leer porque había que estar atentos, pero la transgresión es más fuerte en un adicto y sus letras se cantan igual, en una noche perdida del Partido de Moreno. Lo cantamos lo más que pudimos (todos volvemos a llorar). En vida nos dio su cariño y en vida se lo devolvimos, en exceso. Una muestra de agradecimiento de un pueblo con su líder. Así debería ser. Así fue.
Cuántas horas de nuestras vidas escuchamos sus canciones y otras tantas nos dedicamos a hablar de él y otras tantas a discutir con algún boludo por él. El tiempo no fue perdido. Aprendimos.
Se tuerce la historia en una danza de gente que desborda las calles y en cada puesto se escuchan sus canciones previo a cada recital que dio. Nuestra memoria colectiva guardará por siempre al Protector. Ese que puso la cara por cada ser que la calesita del sistema vulnera. Y el pueblo lo reconoce. Cuando nuestro Protector habló de él, habló por todos nosotros. Desde su dolor y de su capacidad para encarnar el dolor ajeno, llegó a cada una de nuestras heridas. Nos interpretó. La deuda es interpretarlo a él.
Con el tiempo muchos fuimos comprendiendo esta locura de respirar. Pero no estamos de paso, nos enseñó que algo tenemos que dejar. No se puede pasar corriendo por la vida. Algunas obras de arte son armas de combate. Dejó varias.
El indio se fue y se llevó un pedazo de nuestro corazón.