Para entender la magnitud de lo que pasó esa noche de 1969 hay que retroceder casi dos décadas, a los años de la posguerra. La Guerra Fría había instalado en Estados Unidos un clima de sospecha permanente: si el comunismo podía infiltrarse en cualquier institución, entonces cualquier "desviación" (moral, sexual, ideológica) pasaba a leerse como una amenaza a la seguridad nacional.
En 1950, el Senado autorizó una investigación formal sobre el empleo de homosexuales en el gobierno, y el informe resultante construyó una imagen amenazante: la de un sujeto moralmente débil, emocionalmente inestable y, sobre todo, contagioso, capaz de "corromper" a sus compañeros de trabajo, en especial a los más jóvenes. El estigma social volvía a esas personas vulnerables al chantaje, entonces cualquier funcionario gay era, por definición, una amenaza para la seguridad del Estado y la nación. El resultado fue concreto, los despidos de empleados públicos por esta causa se multiplicaron por doce respecto de la tasa previa a 1950, y en 1953 Eisenhower firmó una orden ejecutiva que prohibía directamente contratar homosexuales en cualquier empleo federal.
Este "Lavender Scare" (miedo lavanda), como se lo llamó en la época, no se explica solo por la paranoia anticomunista. Estados Unidos, después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, se había centrado en la familia nuclear heterosexual como garantía de orden social. La visibilidad que estaban adquiriendo las subculturas gay y lésbica en varias ciudades norteamericanas ponía en jaque aquello que aparecía como incuestionable: que el matrimonio y la familia heterosexual eran la única forma posible de organización social. Lo que en apariencia era una cacería de espías encubría, en el fondo, una defensa férrea del orden sexual dominante. La revuelta de Stonewall estalló contra décadas de un Estado —con las fuerzas policiales como su brazo más visible— que miraba a la homosexualidad como enfermedad, peligro y desviación.
El 28 de junio de 1969, un grupo de policías de Manhattan se dispuso a hacer lo que ya habían hecho decenas de veces: cerrar un bar gay. El Stonewall Inn, en el corazón de Greenwich Village, no era distinto a otros tantos que sufrían redadas policiales rutinarias cada fin de semana. Los oficiales empezaron a sacar clientes uno por uno hacia los patrulleros, mientras afuera se iba juntando una multitud que, esa noche, decidió no quedarse mirando en silencio. Cuando una mujer lesbiana se resistió al ser subida a un patrullero, algo cambió. Llovieron monedas, latas, botellas. Alguien arrancó un parquímetro y lo usó como ariete contra la puerta del bar. Las llamas que aparecieron en una de las ventanas del Stonewall fueron, según quienes estuvieron ahí, una sorpresa incluso para los propios manifestantes.
Los disturbios siguieron toda la noche y se repitieron durante días. Al otro día ya había grafitis con la leyenda "Gay Power" en las paredes de Greenwich Village. En cuestión de semanas nació el Frente de Liberación Gay, y la noticia de lo ocurrido se esparció entre una juventud homosexual que venía, desde hacía años, construyendo en silencio una cultura propia.
Para entender por qué ese disturbio puntual se convirtió en movimiento radical, debemos mirar el resto de esa década.
Los años sesenta en Estados Unidos, y en el mundo, fueron una década de protestas. El movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos, la contracultura hippie, el movimiento estudiantil y, sobre todo, el feminismo de la segunda ola conformaron un mismo clima de época: un terreno común de experiencias de protesta y contracultura que estaba, literalmente, en el aire. El historiador John D'Emilio lo plantea con claridad: el movimiento de liberación gay tomó prestada la literatura feminista para argumentar que la opresión de los homosexuales no era un capricho moral, sino el efecto de un sistema de supremacía heterosexual que necesitaba imponer roles sexuales rígidos para sostener a la familia nuclear como su unidad básica. Si la heterosexualidad obligatoria era una construcción y no una ley de la naturaleza, entonces también podía desarmarse.
Fueron las feministas quienes acuñaron la frase que mejor resume ese gesto: "lo personal es político". Con ella sacaron de la esfera privada y doméstica asuntos como el acoso, la violencia sexual, la desigualdad en el trabajo doméstico o los derechos reproductivos, y mostraron que las relaciones íntimas están atravesadas por relaciones de poder, tanto como el Estado, la política y la economía están atravesados por el género.
Finalmente, la revuelta de Stonewall se transformó en un mito dentro de la lucha por los derechos de las disidencias sexuales en todo Occidente. Y condujo a la celebración durante el mes de junio a toda una serie de eventos, festejos y conmemoraciones.
Como sabemos todos los mitos no solo se narran, también se interpretan. Cada vez que contamos la revuelta de 1969 no estamos solo describiendo hechos, estamos eligiendo qué lección sacar de ellos, y esa elección moldea tanto nuestra idea del pasado como nuestra estrategia para el presente, y por supuesto, el futuro.
Acá conviene rescatar dos ideas claves que propone el historiador D'Emilio.
La primera: Stonewall no salió de la nada, ni con Stonewall empezó todo. Hubo resistencias y organizaciones previas, en distintos puntos de Estados Unidos, que fueron sedimentando una conciencia colectiva. Si ese mismo disturbio hubiera ocurrido diez años antes, probablemente no habría pasado de un episodio más: el terreno tenía que estar abonado. En Los Ángeles, ya en 1950, un grupo de hombres homosexuales vinculados al Partido Comunista había fundado la Sociedad Mattachine, una de las primeras organizaciones de derechos para homosexuales del país; pocos años después se le sumó una contraparte lesbiana, las Hijas de Bilitis. Durante los años cincuenta, ambos grupos crecieron (con pocos recursos, sin precedentes que los guiaran y bajo la amenaza constante de la represión policial) hasta lograr publicar sus propias revistas y proyectar, aunque fuera tímidamente, una idea de la homosexualidad distinta a la del pecado, la enfermedad y el delito.
La segunda idea: si hoy conmemoramos Stonewall es porque, después de los disturbios, muchos hombres gays y lesbianas eligieron hacer algo concreto con ese descontento: organizarse. Pasaron de la espontaneidad a una actividad planificada e intencional.
En los años posteriores a Stonewall, y tras la acción de muchas organizaciones civiles surgidas al calor de los años sesenta, muchas cosas cambiaron. Para mencionar algunas: buena parte de los estados norteamericanos eliminaron a la sodomía del código penal, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría sacó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales, y varias ciudades empezaron a incluir la orientación sexual en sus leyes antidiscriminatorias. Nada de esto llegó solo, y nada de esto fue definitivo, pero algo se había movido de manera irreversible en las costumbres sexuales de un país entero. Diana Davies, una de las fotógrafas más reconocidas por su cobertura de los movimientos feminista y de liberación gay, lo capturó un año después de la revuelta. Una fotografía de Marty y Tom, dos activistas, dentro de un comité del Partido Republicano, en el marco de reclamo al gobernador de Nueva York por los derechos de los homosexuales (foto de portada de esta publicación). Los observamos, uno recostado sobre el otro, una escena intima, romántica, en un espacio político, y en el marco, de la lucha por sus derechos.
Más allá de su belleza —y de lo inédita que resulta—, esa imagen sintetiza los profundos cambios que ya estaban atravesando a la sociedad norteamericana.
Volviendo al presente argentino, los datos no son alentadores. El Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBTIQ+ registró 102 crímenes de odio entre enero y junio de 2025, un incremento del 70% respecto del mismo período del año anterior. En más de la mitad de esos casos, el Estado aparece como responsable directo de la violencia, y buena parte de ella fue ejecutada por fuerzas de seguridad en ejercicio de sus funciones.
Mientras tanto, en el fútbol, último reducto patriarcal de la nación, este año se dio a conocer al primer futbolista "abiertamente homosexual" del medio local, y eso (todavía, en 2026) constituyó una noticia. Ni hablar de la obsesión recurrente con la sexualidad de un prócer decimonónico como Manuel Belgrano, que cada tanto vuelve a circular como pregunta. Parece que la preocupación por lo que define a un varón, y su vínculo con la sexualidad, es de larguísima duración en nuestra historia.
Tanto las mujeres, desde las múltiples olas del feminismo —desde los años 70 y hasta hoy—, como las disidencias sexuales vienen pensando y repensando el orden de género y el lugar que ocupan en él.
Rita Segato retoma la célebre frase de Simone de Beauvoir sobre las mujeres (“no se nace mujer, se hace”) para agregarle: tampoco se nace hombre,también se hace. Es un punto sobre el que Segato viene insistiendo en libros e intervenciones diversas: el problema de fondo es la masculinidad entendida como estatus, como potencia y dominación. Ese mandato de género que obliga a los varones a demostrar fuerza, virilidad y poder es, al mismo tiempo, el que produce violencia contra quienes no logran sostener ese estatus. Desmontar ese mandato, dice Segato, es la condición para terminar con la violencia.
Queda pendiente, entonces, una ardua tarea para los muchachos.
Referencias bibliográficas:
- Cabral, Ani, "Argentina: crímenes de odio contra personas LGBT aumentaron 70% en el primer semestre", Agencia Presentes, 04/08/2025.
- D'Emilio, John y Freedman, Estelle, Intimate matters: a history of sexuality in America. Chicago & London, University of Chicago Press, 2012.
- D'Emilio's, John, The World Turned: Essays on Gay History, Politics, and Culture. Duke University Press, 2002.
- Johnson, David K., The Lavender Scare: The Cold War Persecution of Gays and Lesbians in the Federal Government. Chicago, University of Chicago Press, 2004.
- Segato, Rita, Las estructuras elementales de la violencia: ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Universidad Nacional de Quilmes, 2003.
Imagen: Junio 1970, Diana
Davies, NY.
Escribe: Javier Muñoz.